Julio Verne
Título: Julio Verne
Autor:
Editorial: Editorial SAPERE AUDE
Product Code: 9788493843441
Formato: Libro electrónico
Author: Ignacio Méndez & Trelles
Language: spa
Tipo: PDF (No Kindle)
Size: 18.57 MB
Copy: NO
Print: NO
Year of Publication: 2010
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Reseña de: Julio Verne

Los primeros testimonios de la atracción que Julio Verne sentía por las máquinas vienen ya de sus compañeros de escuela, quienes declararon que se pasaba el día dibujando extrañas máquinas volantes y otros artefactos de difícil entendimiento para ellos. Todo parece indicar que, en efecto, a este niño criado en la ribera del Loira, lo que más le cautivaba, por encima de los juegos infantiles propios de su edad, incluso, eran las máquinas, la tecnología, lo que el hombre construía con sus manos. A esta pasión unía una atracción indefinible por el mar y sus misterios recónditos, y de la conjunción de ambas inquietudes nació una obra llena de incursiones en el futuro tecnológico del hombre y en sus conquistas geográficas. La obra de Verne es, primera y esencialmente, una obra geográfica, un inmenso trabajo de exploración planetaria. Pero, además, su geografía presenta el notable interés de que no solamente está perfecta y científicamente documentada, sino que allí donde no habían podido llegar los ojos de los exploradores, sí lo había hecho su capacidad de deducción omnisciente, adelantando muchos descubrimientos a sus contemporáneos. El trabajo novelístico de Julio Verne ha asombrado al mundo no por su belleza literaria, que también la tiene, indiscutiblemente, sino por abrir los ojos a muchos millones de lectores a la realidad de un mundo que, merced a su imaginación científica, consiguió hacer más y más pequeño. No existe otro autor que haya logrado exorcizar más sueños de la humanidad: volar surcando los continentes, volar hasta llegar a la Luna; pisar cada montaña, valle, desierto, isla o selva; surcar todos los mares y sumergirse en ellos para descubrir los secretos de sus fondos oscuros e inescrutables; y sumergirse también en el fondo de la misma Tierra, para conocer sus secretos prehistóricos. «Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo», había dicho este hombre en más de una ocasión, dejando sentenciado su firme convencimiento de las inminentes posibilidades del hombre sobre el mundo. Verne creía, así, en la imaginación como motor de progreso, como creía que la imaginación encontraba sus principales fuentes en la naturaleza. El pez inspiró el submarino; el cisne, el barco; el pájaro, el avión... Su obra, realmente, encontraba el futuro en el pasado, donde estaba completamente escrito, y así muchas veces lo que expone no son sino retroanticipaciones: las retroanticipaciones vernianas. Los «viajes extraordinarios», como se conoce a su larga serie de novelas, son un muestrario científico-técnico de los avances del hombre en el siglo de los descubrimientos. En ellos se encierra la inquietud de la humanidad por conocer su medio, su casa, a sus vecinos y sus progresos. Para esta tarea ingente, Verne se armó de todas las probetas, alambiques y fórmulas que su tiempo le permitía y se embarcó en una larga circunnavegación por los mundos conocidos y desconocidos. En este viaje extenuante utilizó todo tipo de medios de transporte, los que ya había en su época y los que estaban por venir. De su particular uso y concepción nacen lo que aquí llamamos «naves extraordinarias», en alusión paralela a sus «viajes extraordinarios». Este libro es, fundamentalmente, «una lectura adulta de Julio Verne». Una visión desnovelada de su obra, analizada críticamente que no crípticamente, como se han empeñado algunos , pero sin caer en la descalificación fácil del análisis realizado mediante el conocimiento científico actual. Lejos de ello, este análisis se realiza con el conocimiento de su época, el decimonónico en el que se desenvolvía el autor. Por otra parte, para quien ve en la obra de Julio Verne una obra iniciática, resultan muy apropiadas las palabras de Fernando Savater, quien afirma al respecto que «en este tipo de relatos el iniciado es el lector». Realmente, ésta es la única forma de despejar las incógnitas cabalísticas que muchos se obstinan en ver en su obra. Es el lector el único capacitado para ver más allá de las líneas escritas en los «viajes extraordinarios», y no éstos quienes proyectan predeterminados mensajes subliminales. De proyectar algo, lo que proyectan son diferentes mensajes morales en función de la época a la que corresponden en la vida del autor: optimismo científico arrollador en los primeros años de su carrera literaria, y oscuro pesimismo en los últimos, más negro cuanto más cerca estaba su final. Las «naves extraordinarias» eran para Verne más que simples instrumentos para viajar. Eran vehículos que debían conducir al hombre de su tiempo a través de los espacios inexplorados de una forma real y segura, con fiabilidad científica. Verne quería que los lectores creyeran en sus viajes como en certezas al alcance de la mano del hombre. Evitaba por todos los medios transgredir los límites de la realidad, porque sabía que si los traspasaba se estrellaría en el abismo del absurdo, como habían hecho tantos otros autores. Decía Miguel Salabert en su profunda biografía Julio Verne, ese desconocido: «habiendo hallado en la ciencia el punto de apoyo que reclamaba Arquímedes para mover el mundo, Verne utiliza como palanca la imaginación». Es la mejor explicación de cómo el genial francés hizo convivir la ciencia y la imaginación, aun sabiendo y sin menospreciar el gran romanticismo que albergaba su ciencia. Esta explícita frase, junto con la aseveración de otro importante biógrafo, Michel Serres, cierran perfectamente este círculo mágico de ciencia e imaginación: «La obra de Verne es más que un sueño de la ciencia, una ciencia de los sueños». Las «naves» vehículos de Julio Verne tienen ese encanto de la fantasía hecha realidad. El autor recrea al lector con la descripción minuciosa de su funcionamiento, casi como si quisiera ponerlas al alcance de su mano, para que él mismo pueda construirlas en el jardín o en el patio de su casa. Y para ayudarle en su construcción, como se hace con el moderno bricolador, le obsequia con numerosas ilustraciones, reproducciones idealizadas de sus inventos. Para ello, y convencido como estaba de que las ilustraciones ayudaban a transportar al lector a la historia que estaba contando, contó con los mejores ilustradores de la época, Jules-Descartes Férat, Alphonse-Marie de Neuville, Léon Benett, Henri de Montant, Émile Bayard y Georges Roux. Aunque, si bien la reproducción de las «naves» era exquisita, no así ocurría con la retratística de sus personajes, que en más de una ocasión raya el ridículo. En este libro se describen las extraordinarias «naves» que formuló novelísticamente Julio Verne empleando sus propias palabras, contrastándolas con el conocimiento técnico y científico actual en un marco de análisis práctico y actual, buscando sus fuentes de inspiración, reconociendo en ocasiones su gran valor precursor, y desmitificándolo en otras por ser infundado. También, durante el estudio de las mismas, se sigue la trayectoria de toda la novela, para así dar contexto y razón de ser a su creación. Y tampoco se va a negar que, en este trabajo, también se trató de neutralizar algunos de los mitos de Verne, pero teniendo en cuenta que se hizo por la profilaxis que supone para el conjunto de su obra, y no por la fácil descalificación de la misma que hoy se puede realizar amparados en la cómoda perspectiva que nos brinda un siglo de lejanía con el consiguiente avance científico. Por último, antes de empezar con este estudio de la apasionante obra de Julio Verne, el lector debe saber que se va adentrar, tal vez por primera vez, en una lectura adulta de este autor que seguramente conserva enmarcado en un fresco y agradable recuerdo situado entre la infancia y la adolescencia. Esta vez, abandonará la lectura lineal que hizo años atrás para descubrir una nueva obra, un nuevo valor literario que, seguro, no le defraudará. Adéntrese en ella y recuerde en todo momento las palabras del famoso poeta latino, Horacio: Nil mirari, no hay que sorprenderse de nada.

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